
lunes, 25 de febrero de 2008
domingo, 24 de febrero de 2008
lunes, 11 de febrero de 2008
Gasolinera Gesa

En los años de auge del automovilismo no sólo se construyeron los primeros garajes en las ciudades, también las primeras gasolineras.Como esta, en la esquina de Alberto Aguilera con Vallehermoso, algo abrumada, más que arropada, por la fachada de un hotel NH y, como tanta otra arquitectura interesante de nuestra ciudad, medio oculta por unos aparatosos árboles.
Y no merece pasar tan inadvertida, ni por su diseño ni por lo que significó. Tampoco mereció el destino ingrato que se le ha dado. Porque la historia de esta gasolinera es muy triste.
Con dársenas para repostar protegidas por alerones aerodinámicos y un poste-faro (con paneles luminosos) que evoca la escotilla de ventilación de un barco, fue construida en 1927 por el arquitecto Casto Fernández Shaw, autor de otras obras maestras del art decó madrileño como el Coliseum.
Las formas de esta gasolinera no son gratuitas: el propio arquitecto se consideraba a sí mismo investigador y teórico de la corriente "aerodinámica" o "arquitectura aérea".
De esta gasolinera, de la que vemos arriba su aspecto original, Casto Fernández Shaw decía:“Será la obra por la que pasaré a la historia de la arquitectura moderna.”
Él mismo la había ampliado en 1935.
Por suerte no vivió para ver cómo se la tiraban abajo. Pese a que la construcción ya estaba protegida, fue criminalmente derruida por sus propietarios en 1977. La codicia, una vez más, había vencido a cualquier escrúpulo: los dueños del solar querían despejar el solar para construir. Fue tanto el escándalo que el Ayuntamiento intervino, no dejándoles edificar y obligándoles a reconstruirla, cosa que finalmente hicieron en 1996 con la supervisión del arquitecto Carlos Loren Butragueño.
Como concesión al daño reparado, les permitieron edificar en la parte de atrás del solar, donde hoy se levanta el hotel. La imperdonable trastada les reportó incluso un buen margen de beneficios.
Arriba, imagen de cómo quedó la gasolinera tras su demolición en 1977.El desaguisado, que se produjo con nocturnidad y alevosía, provocó enorme polémica. Las protestas y denuncias se sucedieron ante lo que se consideraba un atropello.
No se había tirado una vieja estación de servicio sin más.
Como denunciaba un artículo de Leopoldo Uria publicado en El País,
“La desaparecida gasolinera constituía una de las obras pioneras de la arquitectura moderna en España. Fue construida por Fernández Shaw en 1927 para la sociedad de Petróleos Porto Pi, creada por Juan March en 1925 en virtud de una especial modificación arancelaria que permitió la importación de petróleo ruso, aunque la posterior creación de la CAMPSA liquidó el negocio.”
Hoy día, afortunadamente, y a pesar de contar sólo con una réplica fiel, tiene categoría de monumento.
domingo, 10 de febrero de 2008
Entrada a garaje (Ríos Rosas 47)
La entrada a este garaje debería contar con algún grado de protección. Y desde luego, ser restaurada cuanto antes. La desidia la está dejando caer. Años y años de abandono la han vuelto precaria a simple vista; da la impresión de que podría tumbarla fácilmente cualquier tormenta. De momento ya le falta una letra, aunque se pueda clonar sin problemas de la “A” superviviente; menos mal que no se ha desprendido una de las otras que no tienen réplica: la pérdida habría sido irreparable.Yo además propondría, tras su restauración, que se le dotara de iluminación por las noches, con unos cuantos haces de luz desde abajo, lo que también resultaría genuinamente art decó, ya que este estilo era muy amigo de incorporar faros, chorros y proyectores de luz a sus edificaciones.
La electricidad, descubierta hacía apenas unas décadas, se imponía entonces en todos los hogares urbanos. Y su avasalladora energía no sólo es interpretada con líneas resquebrajadas que se enmarcan en paneles o bien en las forjas de puertas, ventanas y rejas; también se incorpora, como un elemento efectista más, a la arquitectura.
Esa y no otra, por ejemplo, era la función del torreón en la esquina del cine Callao: servir de faro, como punto de referencia urbano y reclamo luminoso del edificio. No era el único: también en la azotea del antiguo cine San Carlos de la calle Atocha (discoteca Kapital) se erige otro torreón-faro urbano, también de la misma época.
sábado, 9 de febrero de 2008
Antiguo Garaje Villamejor




El edificio que actualmente es sede de Vitra en Madrid y alberga sus oficinas y tienda, se concibió inicialmente como garaje, y de hecho fue uno de los primeros edificios construidos en Madrid para ese fin, obra de 1925 según proyecto del arquitecto Mariano Álvarez Torán.Nos encontramos ante uno de los primeros edificios que introducen el art decó en la ciudad, innovador en su momento por su planteamiento industrial, exento entre medianerías para dejar espacio a las rampas laterales de acceso a los coches. En todas las plantas se establecían aseos y guardarropa y, mientras los coches se estacionaban al fondo, la crujía de fachada se destinaba a exposición y oficinas.
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No es de extrañar que los primeros garajes se levantaran en barrios de Madrid como el de Salamanca.
Los años del Art Decó son los años en los que el automóvil se pone de moda entre las clases más pudientes, que son las únicas que se pueden permitir un señorial Rolls Royce o un elegante Hispano-Suiza.
La aristocracia y la alta sociedad añaden un nuevo espacio a sus palacios y mansiones: el garaje.
Manejados por ellos mismos o por chóferes uniformados, se abren camino por las calles entre los tranvías y los carros tirados por caballos, con gráciles estatuillas sobre el tapón del radiador, silueta aerodinámica y acabados en cromo.
Aun siendo todavía una afición elitista, se consagra el triunfo de la imparable motorización.
La máquina fascina. Sus formas, su poder, su energía. Y no sólo los automóviles. También están los aeroplanos, cuya carrera, nunca mejor dicho, comenzaba entonces a despegar. Una carrera balbuceante que aun así prometía encoger distancias y abatir horizontes. Ya se habían logrado los primeros vuelos intercontinentales: entre Portugal y Brasil, entre Madrid y Buenos Aires y la que quizá fue la hazaña mediática más sonada de todas por el carisma de quien la realizó, el aviador norteamericano Charles Lindbergh: la travesía aérea del Atlántico sin escalas.
La globalización, tal como la entendemos hoy, arrancó entonces. La potente maquinaria de la industria provocó una producción a gran escala que fomentó el comercio y los negocios internacionales. Antes de la aparición del fax o del e-mail, millonarios y financieros se desplazaban de un continente a otro para cerrar contratos y operaciones, en los primeros aviones de hélices para pasajeros o en la comodidad y lujo de monumentales trasatlánticos como el Queen Mary original, botado en Southampton en 1937 con espléndida decoración interior art decó.
Son también los años de la resaca del Manifiesto Futurista de Marinetti, que proclamaba su amor incondicional por la velocidad, el ruido, las máquinas, la polución y las ciudades. Los futuristas italianos abrazaban sin remilgos ni hipocresías el excitante nuevo mundo que traían el progreso y la tecnología. También Fritz Lang, en “Metrópolis” (1926), ensalza un futuro urbanita y mecanizado.
Surge la visión "poética" de la máquina y del mundo moderno, y nace el mito del robot que algún día tomará el mando de la civilización. La máquina simboliza una nueva era de la mecanización: automóviles, trenes, barcos y aviones representan el triunfo de la locomoción y la velocidad.
La aristocracia y la alta sociedad añaden un nuevo espacio a sus palacios y mansiones: el garaje.
Manejados por ellos mismos o por chóferes uniformados, se abren camino por las calles entre los tranvías y los carros tirados por caballos, con gráciles estatuillas sobre el tapón del radiador, silueta aerodinámica y acabados en cromo.
Aun siendo todavía una afición elitista, se consagra el triunfo de la imparable motorización.
La máquina fascina. Sus formas, su poder, su energía. Y no sólo los automóviles. También están los aeroplanos, cuya carrera, nunca mejor dicho, comenzaba entonces a despegar. Una carrera balbuceante que aun así prometía encoger distancias y abatir horizontes. Ya se habían logrado los primeros vuelos intercontinentales: entre Portugal y Brasil, entre Madrid y Buenos Aires y la que quizá fue la hazaña mediática más sonada de todas por el carisma de quien la realizó, el aviador norteamericano Charles Lindbergh: la travesía aérea del Atlántico sin escalas.
La globalización, tal como la entendemos hoy, arrancó entonces. La potente maquinaria de la industria provocó una producción a gran escala que fomentó el comercio y los negocios internacionales. Antes de la aparición del fax o del e-mail, millonarios y financieros se desplazaban de un continente a otro para cerrar contratos y operaciones, en los primeros aviones de hélices para pasajeros o en la comodidad y lujo de monumentales trasatlánticos como el Queen Mary original, botado en Southampton en 1937 con espléndida decoración interior art decó.
Son también los años de la resaca del Manifiesto Futurista de Marinetti, que proclamaba su amor incondicional por la velocidad, el ruido, las máquinas, la polución y las ciudades. Los futuristas italianos abrazaban sin remilgos ni hipocresías el excitante nuevo mundo que traían el progreso y la tecnología. También Fritz Lang, en “Metrópolis” (1926), ensalza un futuro urbanita y mecanizado.
Surge la visión "poética" de la máquina y del mundo moderno, y nace el mito del robot que algún día tomará el mando de la civilización. La máquina simboliza una nueva era de la mecanización: automóviles, trenes, barcos y aviones representan el triunfo de la locomoción y la velocidad.Y los intelectuales más visionarios, así como las clases altas de la época, esnobs por definición, no tardaron en rendirse a todo ello.
Ellos eran, por cultura y posición, los más conscientes de que se abría una emocionante y vertiginosa nueva era en la historia de la humanidad.
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